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PINTURA NEGRA

No sabría describir en que se han convertido los días y las noches, pues para mí, todo se ha tornado oscuro. Quedé atrapado hace mucho, o eso creo, en la disputa fronteriza de aguas dulces y saladas, donde la demencia envenena la marea. El tiempo se vuelve denso y los latidos se ralentizan bajo la brea caliente. En ocasiones me veo deambular por un campo envuelto en humo de rastrojos, con el regusto de lo quemado en la garganta y arrastrando los pies descalzos sobre una tierra que difícilmente puede ser fértil.

No soy más que una figura encorvada bajo la atenta mirada de un sol cerúleo posado al medio día. Lo que allí habita, de alguna forma, me inunda, me ahoga en su espesura y sin embargo es capaz de sacarme a flote cuando toco fondo, dando lucidez a mi trabajo. Al regresar a la Quinta del Sordo impregno con la suciedad de mis manos todo lo que toco y puedo dotar de vida la oscuridad y las sombras.

Por defecto profesional, o quizás por orgullo, tiendo a pensar que es otra de mis creaciones, algo que se gestó oculto en mis entrañas y que ha sobrevivido alimentándose de las sobras. Este lugar me desgarra, hunde sus dedos en mi pecho y lo empuja en direcciones opuestas pretendiendo dejar al descubierto mi alma. Desde que llegué a esta casa me ha debilitado tanto que estoy gravemente enfermo.

Arrieta está desconcertado y se esfuerza por dar con un tratamiento que alivie y pueda resultar en cura, aunque el atento doctor desconoce que el tiempo nunca me ha pertenecido, que es sólo un préstamo de las ancianas que velan mi cama cada noche. A veces, debaten airadamente jugando con el hilo del que pende mi vida y otras, simplemente, esperan en silencio que encuentre el camino de vuelta.

En mi senectud, si de algo puedo hablar, es de pérdida y estar perdido. Eso no significa que en mi largo bagaje no haya ganado y me haya encontrado a mí mismo en multitud de ocasiones, ya que he saboreado las mieles del éxito con frecuencia y he podido labrarme una vasta reputación. Aun así, he de admitir que a estas alturas de la vida no esperaba que ciertas ausencias hubiesen cobrado tanto peso en la balanza. Amor, amistad, lealtad…ahora, no son más que orillas de un mar que se aleja.

Visión fantasmal, Goya 1801. Imagen obtenida de: museodezaragoza.es

Creo que todo comenzó cuando plasmé aquella terrorífica figura para Juan Martín de Goicoechea. Hasta entonces mi naturaleza inquieta sólo había coqueteado con lo que no debía, digamos que había mantenido cierto deseo al margen. En esa ocasión quise arriesgar más de lo habitual y cuando se manifestó como un borrón polvoriento al fondo del pequeño lienzo, quise deshacerme de aquello a la ligera, dejándolo inacabado, incorpóreo, cómo si desprovisto de forma pudiese ser barrido por el viento.

 Apenas un bosquejo y, sin embargo, fue suficiente para transportarme de inmediato a un lugar que ahora, veinte años más tarde, empiezo a reconocer propio. Qué ingenuo y arrogante por mi parte. En el fondo sabía lo que estaba haciendo, no voy a esconder eso, fui precavido al elegir el tamaño del lienzo conjeturando que una celda pequeña haría inofensivo al reo. Qué iluso. Espero que Goicoechea pueda perdonar algún día tal disparate pues en mi aturdimiento no logré que rechazase la pintura. Erré dos veces aquel día.

Una maldición destilada en frasco pequeño podría, desde ese momento, acompañar a su familia durante generaciones, pasando desapercibida en cualquier herencia. Presiento que en el futuro no será fácil de localizar, y que sus propietarios serán cautelosos de, en la medida de lo posible, alejarla de visitas y miradas inoportunas. Esta vez quiero creer que no corro riesgos al elegir las paredes de yeso de mi propia casa para purgar mis miserias. Nunca me ha dado miedo el instrumental quirúrgico y mucho menos mi propia sangre.

Pese a mi edad y en parte debido a ella, soy consciente del aparente cuadro clínico que presento, pero créame si le digo que todavía no he perdido la cabeza.

Se ha vuelto habitual cuando trabajo envuelto en la luz de mi sombrero, oírlos hablar a mis espaldas, agazapados en los rincones. Y digo que los oigo porque sus susurros se arrastran en la tierra surcando palabras que puedo intentar descifrar. Cuando la noche es cerrada salen juguetones de sus escondrijos y veo titilar sus delirantes rostros repartidos por la penumbra y los recovecos. Si me acerco a ellos, retroceden hasta desaparecer, consumidos por el halo del candil. También roban comida o terminan de apurar mi sopa, como aquellos viejos de pellejo endurecido y sonrisa lúcida que parlotean con vehemencia mientras les queda vino.

Me he acostumbrado a su presencia y ya no presto atención a sus travesuras. Perros apaleados que lamen la culpa de mis pinceladas y aunque deteste su presencia no dejo de ser uno de ellos. Hay días en los que me contengo y otros en los que deshago con furia el trabajo de varias semanas. Siento que estoy tensando una soga en cada cuello que me importa, una asfixia por miradas que podría desembocar en causa de parricidio o pérdida de juicio. Es evidente que las sobrecogedoras manifestaciones ausentes de toda humanidad no son fáciles de ignorar y han contaminado los cimientos de lo que pretendía ser un hogar.

El Aquelarre, Goya 1819-1823. Imagen. Fuente: www.wikipedia.org

Leocadia no aprueba que pinte estas abominaciones en las paredes de nuestra casa, pues obligo a todos, incluido a los niños, a convivir con estas horripilantes visiones. Me pregunta por qué no he continuado las primeras versiones campestres y costumbristas de los murales, o el motivo de haberlas sustituido por desolados parajes de sucios ropajes.

Aún no tengo respuesta y dudo que pueda encontrar un argumento cabal que no empeore las cosas. Niños y espectros bajo un mismo techo no es plato de buen gusto y he de reconocer que cada vez son más las ventanas que miran hacia dentro que las que miran hacia fuera. No puedo obligar a los demás a cargar con el peso que me aflige, así que terminaré de exorcizar brujas, demonios y desgraciados, y luego partiremos a Francia en busca de un merecido final, pues lo que aquí deje será reflejo de esta España, de lo que ha sido siempre, una tierra de luces y sombras, como cualquiera de mis obras.

A Francisco José de Goya y Lucientes, por el 275º Aniversario de su nacimiento.

JM Román – 30/03/2021.

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Fotógrafo anónimo. Autor de la obra principal Vicente López Portaña. Fuente: museodelprado.es
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